Dispositivos para pensar

Por: Diana Guzmán

“Dispositivos”, es el nombre de un conjunto de veintisiete óleos que se pueden admirar en el Centro Cultural Francisco Javier Clavijero, exposición del pintor Daniel Lezama, reconocido artista de cuarenta y nueve años de edad, egresado de Artes Visuales de la Universidad Autónoma de México (UNAM).

El artista es reconocido internacionalmente por sus obras gráficas que narran, bajo una óptica ficticia e insondable, testimonios modelados desde su vasta meditación que abarca en manifiesto la cultura mexicana.

Para comprender mejor la poética de este pintor, retomo los retazos que me resultan menos suntuosos, conformados por la descripción adherida a un muro blanco, en un material que al instante vinculo con el vinil; texto que a la vista es engalanado por dos puertas de madera dentro de la sala en la que se encuentra la mayor parte de la exposición:

…”el principio liberador del deseo y la lógica maquínica de la era industrial… por un lado la natividad del cuerpo y el principio del ser; por otro lado, los cuadros hacen alusión, desde el título a dispositivos industriales/ míticos de propagación energética. El artista insinúa de manera estética, que el reino de la naturaleza y la esfera industrial se funden en el marco de una visión extática”.

Me encuentro en la planta alta, completamente sola en el salón seis del imponente edificio de una arquitectura barroca, tablerado en cantera rosa, preciada roca que combina con los otros inmuebles del corazón de la ciudad. Este edificio data del siglo XVIII, es un espacio consagrado a la educación y al arte desde 1763 con la misión evangélica de la orden jesuita, aquí se ha vivido desde enseñanza doctrinal, lectura y escritura, hasta la impartición del arte y la filosofía. Desde 1991 fue catalogado como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO y en el año 2008 fue restaurado e inaugurado para el uso y la gestión de expresiones y producciones artísticas.

Históricamente Palacio Clavijero, es sinónimo de cultura y arte. En él se promueve principalmente el arte mexicano, desde los murales de Alfredo Zalce, Adolfo Mexiac o Gerardo Murillo, hasta múltiples exposiciones, no sólo de pintura sino de otras disciplinas y artes en conjunto.

Las luces en la sala son tenues, colocadas estratégicamente en el techo de vigas de fina madera, penden de forma moderna para iluminar las pinturas que fueron geométricamente colocadas, paralelas a la luz que resaltan los detalles de cada pincelada de los lienzos. Analizo detenidamente cada elemento de los cuadros y llego a la conclusión de que no logro comprender demasiado. A propósito (me imagino), justo frente a los cuadros están instalados sobrios asientos fabricados de la que parece ser la misma madera que la del techo, hago uso de ellos para mi extenso análisis de las inusitadas pinturas.

En todos los cuadros diviso cuerpos desnudos o fragmentos de los mismos, y sin saber por qué, es lo que más llama mi atención aunque no me resultan armónicos. No son cuerpos perfectos, se parecen mucho a la complexión propia de talles que he visto en la vida real. Creo que son mexicanos, y los relaciono directamente con el desabrigo de las figuras que he visto (sin querer) en los vestidores de la alberca en la que tomo clases de natación; es como si comparara el recuerdo de las señoras bañándose sin pudor alguno y la obra que tengo enfrente en éste momento.

Una imagen como una memoria gris y la otra simultánea a todo color. En ambas percibo barrigas colgadas, vientres abultados, muslos y caderas anchos y desfigurados, demasiados pliegues en la piel, pechos asexuales y poco atractivos con una aureola cada uno de un pigmento oscuro que señalan a puntos cardinales opuestos, tez morena, cabello oscuro, ojos tristes, se consuma la imagen con una pelambrera excesiva en la vulva de las mujeres.

Después los hombres y niños que en los lienzos casi todos tienen en común una erección, me hace tratar de relacionar este rasgo con alguna alegoría que no tenga que relacionarse necesariamente con sexualidad, pero fallo.

Las pinturas tienen dos elementos principales; la naturalidad del cuerpo humano y su relación con objetos artificiales. Al no ser clara para mí la diégesis de la obra, y recordando mis clases de estética que ninguna crítica es capaz de agotar la realidad de la obra, concluyo a medias tintas y llena de confusión, mi propio afecto tras la experiencia.

Entiendo que la obra de arte en sí es polisémica y que es así como funciona el arte; cada espectador construye su propia significación de la obra. Pero vuelvo a mirar la sala y no hay nadie. Me pregunto si la gente que visita ésta exposición, tendrá las mismas dudas que yo, tendrá su propia exégesis como yo, conocerá más del pintor que yo para disfrutar más la experiencia o simplemente estará más habituada que yo al arte. Pero el edificio está tan vacío que me pregunto si en realidad ésta ciudad guste del arte, concretamente de la pintura.

A nivel nacional, de acuerdo a una encuesta realizada en 2010 por la Secretaría de Cultura, el 86% de los encuestados no ha asistido nunca a una exposición de artes plásticas y el 27% de éstos, no lo hace por la falta de interés o porque no conoce (17%). En el último año, el 87% de los encuestados no ha asistido a un centro cultural.

Según CONACULTA, Michoacán se coloca en el cuatro lugar en la lista de porcentajes de asistencia a espacios y recintos culturales con el 16.2% y en artes visuales un 14% por debajo de Puebla.

Antes de ingresar al Centro Cultural Clavijero, esperaba pagar alguna cuota para ver la exposición de Lezama, contrario a esto y para mi sorpresa, la recepción fue sumamente cordial (cosa que en otras dependencias gubernamentales no se ve), el funcionario que me atendió, me pidió que dejara mis cosas ahí y a cambio me dio una ficha con el número siete que más tarde intercambiaría de nuevo. Pregunté si era posible tomar fotografías a lo que contestó que sí, pero sin flash.

Sin ningún trámite y sólo con la instrucción de tomar fotos sin flash, vago por el edificio. Camino y capturo con mi cámara escenas de los murales, la fuente, los pasillos, visito la exposición y así pasan ligeramente dos horas y treinta minutos; tiempo en el que sólo hallo empleados y tres visitantes que físicamente se delatan aturdidos dentro de las salas en las que se exhibe la obra. Yo misma me noto aturdida.

La oferta de arte en Morelia, si bien no es la más amplia del país, es justo pensar que la que se exhibe no es apreciada, arte que no es ajeno a nuestra cultura. Cuenta historias de nuestro pueblo, para el pueblo y elaboradas por artífices del pueblo mismo.

En centros culturales como éste se ofrecen colecciones aún sin ser necesaria una retribución económica, ante la accesibilidad y disposición de arte de calidad, no consumimos por ‘la falta de interés o porque no conocemos’, y las dos razones van de la mano, cuando no entendemos algo, por consecuencia no es de nuestro interés.

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